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La buena letra: Celia Rico registra con precisión la herida de la mujer en el franquismo

La directora adapta la novela de Rafael Chirbes en un ejercicio de cine minimalista pendiente únicamente de los silencios que arrastra el sufrimiento a su paso

Celia Rico en la presentación de La buena letra en Málaga.
Celia Rico en la presentación de La buena letra en Málaga.Daniel PérezEFE
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El minimalismo se define en buena medida por lo que tiene de provocación. No es tanto lo que se ve como lo que el espectador construye e imagina alrededor de lo contemplado. Apurando, se podría decir que es el que mira, no el artista, el que confecciona desde su condición de lector la parte más honda de la obra. La buena letra, de Celia Rico Clavellino, es si se quiere el ejemplo más extremo y claro de una tendencia minimalista que la directora ha ido componiendo y madurando a lo largo de dos obras tan transparentes y plenas como Viaje al cuarto de una madre y Los pequeños amores. En los dos casos, lo que cuenta es el largo y profundo silencio que envuelve las conversaciones, deudas y heridas entre una madre y una hija; lo relevante siempre es la parte de atrás de la pantalla, la espalda de todo lo sufrido. Y así.

Ahora, un paso más allá, el mutismo, siempre culpable, es aún más hondo, más universal y mucho más doloroso. La idea de la tercera película de la directora recién presentada en Málaga no es otra que dar con el eco por fuerza grave de un silencio descomunal. Se trata del silencio de una generación entera de mujeres, las que vivieron bajo el franquismo. Y hacerlo, siempre fiel a sí misma, dejando que sea el espectador el que recomponga y ensamble las piezas sueltas dejadas de manera cuidadosa y precisa sobre la pantalla. La audiencia es invitada (provocada incluso) a completar lo que ve con los retazos de su propia memoria, una memoria compartida y, sin embargo, borrada; una memoria, pese a tanto olvido, exageradamente presente en los cuerpos de las mujeres de después y de ahora.

Para saber más

La película hace pie en la novela de Rafael Chirbes del mismo título. Se cuenta lo pasado en un pueblo valenciano en la posguerra. Allí, el personaje al que da vida Loreto Mauleón hace lo imposible por sembrar normalidad entre tanto horror mudo. Ella es el centro casi invisible que todo lo sostiene, todo lo sacrifica, todo lo calla. Su marido (Roger Casamajor) acepta la humillación de dejarse precisamente humillar para sobrevivir. Y su cuñado (Enriq Auquer) opta por huir de la misma humillación de antes. Los tres (o todos sin excepción, mejor) han perdido y, en silencio, se lo hacen saber a los demás y a sí mismos. Pasa el tiempo y el fugado vuelve. Lo hace con una mujer (Ana Rujas) y, poco a poco, aprende otra forma de supervivencia que consiste en servir sin asomo de vergüenza al amo, al vencedor. Y, en medio, siempre, el personaje de Mauleón como testigo nunca reconocido de un sacrificio que no acaba.

La directora de forma sabia (y minimalista) construye la película en el detalle de todo lo que apenas se ve. La protagonista guisa, cose, trabaja, cuida... y todo lo hace de manera incansable en la parte de atrás de lo narrado mientras la acción, la supuestamente importante, la siempre protagonizada por el hombre, discurre con energía hacia quizá ninguna parte. Y es en este segundo plano, casi fuera de campo, en el que reina el personaje de una Mauleón muy cerca de la perfección, donde La buena letra se hace fuerte y grande. Quizá el problema de la película, que lo hay, es que por momentos se olvida del rigor de su propia propuesta minimalista y deja que la narración, la del primer plano, tome un protagonismo que no merece y que, la verdad, acaba por ser demasiado errática. Por momentos, en su azaroso ir y venir sin quedar nunca del todo claro por qué, la película confunde y se confunde.

Sea como sea, lo que queda es una propuesta tan provocadora como precisa, honda e íntima, silenciosa y ensordecedora a la vez, que apela al espectador con la claridad de un cine que, como la propia literatura de Chirbes, se niega al olvido como objetivo casi único y máximo. Cine grande. Definitivamente, minimalismo nada tiene que ver con pequeño.

Loreto Mauleón en una imagen de La buena letra.
Loreto Mauleón en una imagen de La buena letra.LAIALLUCHMUNDO

SORDA TRAS LA BERLINALE Y UN DEBUT EN LLAMAS

Por lo demás, la sección oficial se completó con Sorda, de Eva Libertad, tras su paso por el Festival de Berlín con todos los honores, y con el debut de Sara Fantova en solitario con Jone, a veces. De la primera, solo insistir en la claridad de la brillante y sorprendente propuesta de un cine perfectamente consciente de, por así decirlo, su sordera. La idea no es que el espectador se tape los oídos para verla, sino que cobre consciencia de ellos gracias a, y aquí su gran acierto, la mirada. Los colores se ofrecen sin filtro hasta hacerlos vibrar. Suenan. La puesta en escena hace del clasicismo norma con la cámara siempre a la altura no solo de los ojos sino de, otra vez, la mirada; una mirada siempre expresiva, siempre emocionante.

Jone, a veces, en cambio, es cine sensual, febril y empeñado en explorar la piel misma tanto de la película como de los que la habitan. Se cuenta la historia de un duelo (o varios) a través de los ojos de su protagonista (Olaia Aguayo). Tras perder a su madre, ahora contempla el lento deterioro de su padre aquejado de Parkinson. Todo discurre en una semana, la semana de la fiesta mayor de Bilbao, y ahí, en la hoguera de la celebración arden pesares, dudas y fiebres. Suena tremendo y lo es. Sara Fantova demuestra su buen hacer en la perfecta combinación de contrastes, en la telúrica exposición de un cine profundamente existencial y exageradamente vivo. Un debut tan consciente de ser debut que todo lo ofrece y todo lo consume. Es cine, sin duda, contagioso.