Fotógrafos, artistas gráficos y creadores visuales saben que Leica es sinónimo de leyenda, pero también de precios imponentes. Sólo la sueca Hasselblad se mueve en la misma horquilla, de nuevo aprovechando su aura; mientras que el cuarteto japonés hegemónico que forman Canon, Sony, Nikon y Fujifilm dispone de un catálogo variado que se adapta a todos los bolsillos.
Un fotógrafo profesional confiará sus encargos a máquinas polivalentes como la Z9 de Nikon o la R3 de Canon, utilizará tal vez la trilogía clásica de zooms (16-35mm, 24-70mm y 70-200mm) para abarcar cualquier necesidad y dispondrá de una hucha por si algún día se anima a abrazar la propuesta de la marca de Wetzlar, cuya quintaesencia son las Leica M, cámaras manuales y telemétricas, de enfoque artesanal, que rinden homenaje a nombres como Henri Cartier-Bresson,Garry Winogrand o Elliott Erwitt.
El problema de Leica es doble. A sus importes, ya de por sí intimidantes, se añade una política inflacionista: casi con cada nuevo modelo se produce un incremento del precio en una ascensión que de momento no parece tener fin. Cuando salió al mercado en 2017, la Leica M10 costaba 5.900 euros al cambio actual. La Leica M11-P, último modelo en ver la luz, está en 8.995 euros, bastante más que la polivalente Z9 (5.750 euros, precio de Fotocasión, la mítica tienda de Madrid), la no menos potente R3 (5.790 euros) o la celebrada Sony A1 (7.300 euros). A diferencia de la M11-P, todas ellas graban vídeo, enfocan en automático y están selladas contra agua y polvo.
En cualquier caso, quien compra una M de Leica persigue otra experiencia. Frente a las ráfagas de disparos, la meditación. Frente a la ayuda al enfoque, canalizada cada vez más a través de la IA, la paciencia y pericia del fotógrafo para alinear dos imágenes hasta dar con la nitidez adecuada. Pero sigue existiendo el muro del PVP. ¿Significa eso que la batalla esté perdida de antemano? En realidad, no.
Una buena estrategia consiste en elegir primero una cámara de la generación anterior en un comercio de fama contrastada, de segunda mano y con garantía. Con algo de suerte, en eBay puede encontrarse una M10-P en el entorno de los 5.500 euros o una M10R por unos 6.500. Ése es el verdadero Tourmalet, la cima de un kit que se suaviza cuando toca hablar de lentes.
Salvar el bolsillo
Porque, afortunadamente, no sólo Leica fabrica objetivos para su montura M. La segunda gran protagonista de este ecosistema se llama Cosina, compañía japonesa que recurre a otra firma legendaria, Voigtlander, para ofertar todo tipo de distancias focales, desde el gran angular hasta los 90 milímetros del retrato, a precios que suelen rondar los 1.000 euros. Un kit 28-50-75 con aperturas a 1.5 (cuanto menor es el número, mayor es la luz que la lente es capaz de captar) se construye por la mitad de lo que cuesta una M10R usada.
También entran en juego los chinos, cada día más sólidos, con propuestas low cost como TTartisan y 7Artisans, un actor recién llegado con ganas de plantarle cara a Cosina (Thypoch) y una organización, Light Lens Lab, que clona a precios increíbles los objetivos históricos de Leica, desde el 50mm Elcan que los alemanes fabricaron con usos militares en mente hasta el reciente 28mm f2.8 de nueve elementos.
Un purista podría alegar que sólo las lentes fabricadas por Leica desprenden esa magia atemporal que hizo célebre a la empresa, aunque este argumento puede contrarrestarse con otros dos: el llamado Leica look es más propio de la era Mandler que de la fase Karbe, diseñador de antaño vs diseñador de hogaño. Y, si dicho look consiste en generar imágenes menos perfectas, con ciertas aberraciones cromáticas, menos claridad y un viñeteo que dota a la foto de personalidad, muchas de las citadas marcas consiguen algo parecido sin hacer trizas los ahorros.