Una década después de poner su grano de arena en el estallido de la guerra más sangrienta del siglo los saudíes quieren hacer como si nada. El nuevo clima de concordia regional, propiciado por las negociaciones que EEUU e Irán mantienen en Viena para relanzar el acuerdo nuclear, está acercando a vecinos que hasta hace poco parecían irreconciliables, como los saudíes y los sirios. Los primeros movimientos entre bambalinas ya se han producido, mientras el lobby para rehabilitar al rais Bashar Asad crece en el seno de la Liga Árabe.
El diario The Guardian trajo la exclusiva a principios del mes pasado: el general Ali Mamlouk, uno de los artífices de la salvaje represión de manifestantes pro reformas sirios de hace una década, se había reunido en secreto con Khalid Humaidan, jefe de la Dirección General de Inteligencia saudí en Damasco. Una primera señal de unos planes de reconciliación con la dictadura siria a los que Riad ha quitado hierro, aunque sin desmentirlos en ningún momento.
En conversación con la cadena Al Jazeera, un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores saudí no ahondó en los detalles del encuentro, aunque admitió que "ha llegado el momento de aceptar que Siria, tal y como es, es una parte indeleble del paisaje Árabe". Un miembro de la oposición siria próximo a los funcionarios saudíes sostiene algo similar: "El ánimo político en la Casa de Saúd ha cambiado, muchos altos nobles, particularmente [el príncipe heredero] Mohamed bin Salman, están dispuestos a volver a relacionarse con Asad". Pese a ello, esta misma semana, el representante permanente saudí en Naciones Unidas, Abdullah Mouallimi, matizó que "todavía es demasiado pronto para hablar de normalización con Siria", apuntando a la violencia persistente que azota el país.
Con todo, la simple noción de que el reino del desierto corteja al Bashar Asad es una noticia mayúscula. Cuando los tanques y los francotiradores leales al rais respondieron con fuego a los manifestantes, Riad fue la que vendió a sus aliados en Occidente y a Turquía un plan que apostaba por armar a los opositores para hacer caer el gobierno sirio. El objetivo, todo apuntaba, era acabar con uno de los socios regionales de Irán, el principal rival de Arabia Saudí en el inestable Oriente Próximo.
Los planes del reino del desierto no surtieron efecto. Tras años enviando toneladas de armas cada vez más sofisticadas a grupos cada vez más extremistas -un valor añadido para los patrocinadores saudíes-, Rusia giró la tortilla del lado asadista en 2015, apoyándolo con su aviación. El surgimiento del Estado Islámico acabó por socavar las aspiraciones de los alzados, quienes hoy en día apenas controlan el noroeste del país. Asad se declara vencedor de la guerra; los saudíes se retiraron en silencio.
Embajadas abiertas
En 2018, Emiratos Árabes Unidos, otro de los respaldos de los opositores, dio el primer paso al reabrir su embajada en la capital siria, junto con Bahrein. Su reacción vino parcialmente justificada por el incremento de influencia en los opositores de Turquía, confrontada a los emiratíes en la gran pugna regional. El pasado marzo, Egipto pidió el retorno a la Liga Árabe de Siria, expulsada en 2011 con el comienzo de las revueltas. El mes pasado, Jordania reabrió su paso fronterizo de Nasib-Jaber, con vistas a recuperar los lazos.
Detrás de todos estos gestos hay una razón con nombre propio: Joe Biden. Desde mucho antes de su investidura se sabía que el demócrata iba a alterar sobremanera la política regional de su predecesor Donald Trump. El laissez faire a cambio de jugosos contratos de armas y la tensión belicosa como arma de presión al vecino habían llegado a su fin. Y más importante, el nuevo presidente llegó prometiendo recuperar el acuerdo nuclear con Irán que Trump trató de dinamitar con una carga de sanciones.
La llegada de Biden supuso, sobre todo, un toque de atención a países como Arabia Saudí, aunque al final las promesas de campaña de adoptar represalias por el escándalo Khashoggi quedaron en una tibia reprimenda telefónica. Pero, constatado el acercamiento entre iraníes y estadounidenses -por ahora, que se sepa, sólo con europeos de mediadores, en Viena-, los saudíes dieron su propio paso para buscar reconciliaciones que cerrasen las brechas abiertas durante la era Trump.
Nada más comenzar el año, antes de que Biden llegase a la Casa Blanca, saudíes y qataríes escenificaron en Al Ula el fin de la crisis que los había llevado a la ruptura casi total en 2017. Recuperada la sintonía, Mohamed Bin Salmán comenzó a rebajar el tono con los iraníes, que replicaron. El pasado marzo, funcionarios iraníes pasaron un mensaje a la monarquía saudí, a través de mediadores iraquíes, en el que expresaban su voluntad de cerrar heridas.
Desde entonces, Bagdad ha sido escenario de varias rondas de diálogo entre altos funcionarios de Irán y Arabia Saudí. Ninguna de las partes ha explicado qué temas hay sobre la mesa, aunque se entiende que uno de los platos fuertes es la sangrienta guerra de Yemen, en la que cada país ha apoyado a uno de los bandos en liza. Unos y otros han dado a entender, con sus mensajes públicos, que las circunstancias presentes los condenan a entenderse y dejar atrás las fricciones del pasado.
"La actitud prevalente puede definirse como 'los tiempos han cambiado, la Primavera Árabe es historia y la región está en plena transición hacia un nuevo futuro, con nuevas características geopolíticas", dice una fuente opositora Siria a Al Jazeera, esta misma reconciliada a su vez con Damasco. Atrás quedan no sólo declaraciones y hostilidades diplomáticas, sino un reguero de cerca de medio millón de muertos, en su mayoría civiles, una crisis migratoria casi sin precedentes y un país todavía en ruinas.
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