- En directo Última hora de la caída del régimen sirio
En el año 2011 al calor de las protestas antigubernamentales en Túnez y Egipto, unos adolescentes en el sur de Siria pintaron unos grafitis contra el presidente Bashar Asad. "Tu turno ha llegado, doctor", decía el mensaje aludiendo a la formación del dirigente, en un clima político en el que mentar su nombre era duramente castigado. Los jóvenes fueron detenidos, torturados y asesinados, un evento que marcó el inicio del levantamiento sirio contra el régimen. "Olvídense de sus hijos, si quieren tener más hijos, hagan más hijos", declararon las autoridades a los padres de los jóvenes, según recoge Alia Malek en el libro "El hogar que fue nuestro país". Asad trató las manifestaciones de "conspiración" de "fuerzas extranjeras" contra el país y aplicó mano de hierro contra el alzamiento popular.
La revuelta derivó en una guerra civil que ha durado trece años, con medio millón de muertos, siete millones de desplazados internos y más de seis millones de refugiados fuera de las fronteras de Siria. El castigo contra la disidencia no ha cesado ni un solo día, con más de 130.000 detenidos o desaparecidos forzados, entre ellos casi 10.000 mujeres y niños, según datos del Syrian Network for Human Rights.
Ahora en apenas diez días, una ofensiva de grupos islamistas insurgentes ha tomado las principales ciudades del país ante un ejército debilitado cuyo apoyo -Rusia e Irán- estaba enfrascado en sus propios conflictos en Ucrania y Oriente Próximo. Asad, que había sacrificado su población por aferrarse al poder, ha huido del país en silencio y se abre una nueva etapa de incertidumbre en Siria. El domingo 8 de diciembre de 2024 termina así una dinastía familiar autocrática que permaneció al frente del país durante más de cinco décadas.
El asalto insurgente se produjo cuando el conflicto parecía estancado desde hace más de cinco años, con Asad controlando gran parte del territorio excepto zonas del norte en manos de grupos opositores, Turquía y milicias kurdosirias. En el último año incluso Damasco había trabajado para aliviar las sanciones que pesaban sobre su gobierno y restablecido relaciones con otros países árabes, en un intento de zanjar una década de conflicto. Algunos socios regionales parecían dispuestos a abrir una nueva página diplomática con el dirigente pese a la retahíla de violaciones de derechos humanos que pesaban sobre sus espaldas, incluido el uso de armas químicas contra su pueblo.
La inestabilidad de la guerra civil ofreció una oportunidad a grupos yihadistas presentes en la región para adentrarse en el conflicto, dando lugar al crecimiento del Estado Islámico y Al Qaeda en el país y provocando la radicalización de las milicias opositoras. En el apogeo de la guerra en 2015 las fuerzas de Asad perdieron el control de grandes partes de la segunda ciudad del Siria, Alepo, y se acercaban a la capital. Fue entonces cuando el dirigente recurrió a dos aliados tradicionales del régimen, Rusia e Irán, para recuperar el control del país. El régimen recuperó gran parte del territorio gracias al apoyo aéreo de Moscú, así como el respaldo sobre el terreno de combatientes de la milicia chií Hizbulá, que operaron bajo el control de Teherán.
En algunos aspectos Bashar siguió la estela de su padre Hafez, asignando a familiares a puestos de poder y gobernando principalmente para la comunidad alauí -de la que forma parte- una minoría que forma el 10% de la población. Su llegada al poder en el año 2000 fue recibida con esperanzas de cambio, ya que Bashar era percibido como un joven moderno, que había estudiado oftalmología en Londres y que ni siquiera tenía aspiraciones de gobernar el país. Su juventud en la capital del Reino Unido fue truncada en 1994 cuando su hermano y sucesor de Hafez, Basil, murió en un accidente de coche en Damasco.
Bashar fue traído de vuelta y sometido a un entrenamiento militar para ascender a coronel y ocupar el cargo de su padre. Con la muerte de su predecesor, Bashar fue elegido presidente con 34 años en un referéndum nacional sin contrincantes. En los primeros años en el poder, Bashar relajó algunas medidas en el país, dando más libertades a los intelectuales y permitiendo más expresiones culturales y de libertad de prensa en el país. Sin embargo, en cuanto empezaron las demandas de democracia multipartidista, cerró de nuevo la válvula, encarcelando a decenas de activistas.
Sus actos recordaron a la población a su predecesor, Hafez Asad, que se convirtió en presidente en 1971 tras tomar el control del partido nacionalista Baaz. Hafez dejó un legado de opresión y violencia estatal, que fue especialmente recordada esta semana cuando los insurgentes tomaron Hama. En esa ciudad en 1982, el padre Asad sofocó una revuelta de los Hermanos Musulmanes con una masacre de más de 10.000 manifestantes.