Erik el Belga decía que robar dinero no tenía encanto, que lo verdaderamente fascinante era robar obras de arte. Así que durante casi 20 años se dedicó al encantador arte de saquear iglesias, ermitas y monasterios de toda España. Erik el Belga, que era belga pero no se llamaba Erik, sino René Alphonse van den Berghe, murió hace ahora cuatro años en un hospital de Málaga tras llevar de cabeza a la Policía española entre los años 60 y 80, en aquellos tiempos de puertas abiertas y turismo incipiente en los que las basílicas no tenían seguridad y cualquier guiri podía colarse en la sacristía y llevarse un cáliz de oro como suvenir.
Considerado el mayor ladrón de obras de arte del siglo XX, a Van den Berghe se le atribuyen más de 600 robos entre vírgenes, cruces, tablas, retablos, capiteles, tapices y hasta sillas románicas. Fue detenido en 1982, ingresó en la cárcel Modelo y se le abrieron 22 sumarios por expolio del patrimonio valorado en más de 18 millones de euros. Devolvió alrededor de 1.500 obras y empezó a colaborar entonces con la Policía a lo Robin Hood para recuperar todas las piezas robadas. Para entonces, sus fechorías habían dejado de ser una obsesión para el Grupo de Obras de Arte de la Policía Nacional, un cuerpo especial creado en 1977 para cazar a bandidos como Erik el Belga.
«Nadie se llevó más que él. Era un ladrón consumado que hizo mucho daño en España, sobre todo en los pueblos. No sólo se llevó muchas obras, sino que además las troceaba para venderlas más fácilmente. Erik el Belga ha sido una de las personas que más daño ha hecho al patrimonio histórico español, uno de los grandes enemigos de esta Brigada».

"El mercado del arte trata del dinero, no de la belleza"

"Soy un hijo de puta aunque todos hablen bien de mí"
El despacho de Montserrat de Pedro Esteban está en la cuarta planta de uno de los bloques que ocupa la UDEV (Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta) en el imponente Complejo Policial de Canillas, en Madrid. Y la Brigada de la que habla es la Brigada de Patrimonio Histórico, el equipo de la Policía Nacional que se dedica hoy a perseguir las infracciones contra los bienes culturales en nuestro país, heredero de aquel antiguo Grupo de Obras de Arte. De Pedro es su inspectora jefa desde el año 2020. Detrás de su mesa hay un cuadro con un retrato de Lorca. En sus estantes se apilan guías de Historia del Arte, catálogos de museos, manuales de modernismo, un libro sobre la obra de Oteiza y otro en inglés sobre monedas de oro en el mundo. Al fondo del pasillo de su oficina hay una réplica de una de las meninas que diseñó el Equipo Crónica en los 60. Es una falsificación.
En el currículum de su departamento hay unas cuantas falsificaciones. También aparecen las andanzas de Erik el Belga y la leyenda del enigmático Maestro Español y sus exquisitas réplicas de esculturas clásicas. El expolio de piezas íberas y cientos de joyas arqueológicas por parte de miles de rateros que un día se creyeron Indiana Jones en los templos malditos de Castilla o de Extremadura. Copias ilegales de cuadros, coleccionistas de monedas que podrían haber salido de las viñetas de Tintín... y de las de Mortadelo y Filemón. Tráfico de obras de arte, vínculos con redes internacionales de narcotráfico, mafia e incluso terrorismo. Y robos tan peliculeros como el del Códice Calixtino, que desapareció de la Catedral de Santiago el 4 de julio de 2011 y apareció un año después envuelto en un paño rodeado de basura en un garaje. O el de los cinco óleos de Francis Bacon que se esfumaron hace casi 10 años en el dormitorio de un apartamento en el mismísimo centro de Madrid.
«Lo más importante siempre es la pieza», cuenta Montserrat de Pedro, escapando del tópico hollywoodiense de los ladrones de guante blanco filtrándose por las cristaleras del Louvre. «Lo importante aquí no es tanto el detenido como la pieza. Es la gran diferencia de esta Brigada con el resto de especialidades de la Policía. Necesitamos encontrar la manera de resolver la investigación, pero siempre con el cuidado de no perder la obra robada. Si el ladrón de una moneda de oro del Imperio Romano la funde antes de que la localicemos, la hemos perdido para siempre. Si detenemos al señor que robó el Códice Calixtino pero no recuperamos el Códice, no tenemos nada. Y hasta que no encontremos el último de los bacon, nunca podremos cerrar el caso».
A finales del mes pasado, los detectives del arte de la Brigada de Patrimonio lograron recuperar un cuadro de Francis Bacon valorado en cinco millones de euros. Era la cuarta pieza del pintor irlandés rescatada por la Policía de las cinco robadas en Madrid en el verano de 2015. Todavía queda una por encontrar. El caso dura ya casi una década y está considerado el robo de arte contemporáneo más importante en la historia de España.
«Es el robo por excelencia», admite De Pedro. «Un caso que nos ha supuesto mucho esfuerzo durante muchos años, pero también mucha satisfacción. Estamos desde 2015 detrás de este tema, pero poco a poco han ido cayendo todos los cuadros, una tras otra hemos ido recuperando todas las piezas... El caso de los bacon es un éxito de esta Brigada, pero también una obsesión. Hasta que no aparezca el último cuadro no vamos a descansar».
Los cinco óleos eran un regalo que Francis Bacon hizo a su amante, el empresario español José Capelo. Cinco retratos y pruebas del autor de 31x35 centímetros cada uno valorados en total en cerca de 30 millones de euros. Capelo los tenía colgados en su dormitorio, en un céntrico piso de Madrid, a espaldas del Senado, uno de los puntos más vigilados de la capital. Los ladrones se llevaron los cinco. No dejaron huellas. Nadie oyó nada. Nadie vio nada. Ninguna cámara captó sus movimientos. Tampoco saltaron las alarmas. Ningún medio de comunicación se enteró hasta que El País destapó la noticia ocho meses después: «Robadas cinco obras de Francis Bacon en pleno centro de Madrid».
Desde que la Brigada de Patrimonio Histórico inició la investigación se han recuperado cuatro cuadros y han sido detenidas 16 personas: entre ellas los ladrones y los autores intelectuales del atraco, pero también marchantes de arte, peristas y vendedores de antigüedades del Rastro de Madrid. Toda la estructura que se activa cada vez que se produce un delito en este mundo. La banda intentó vender las obras al menos en tres ocasiones. Nunca lo consiguió.
«Los cuadros no siguieron ningún circuito porque nadie está interesado en una obra que todo el mundo sabe que ha sido robada», explica hoy Montserrat de Pedro. «Nadie quiere comprar una pieza por la que sabe que no va a conseguir dinero y de la que además no puede presumir. Nadie se compra un picasso o un bacon robado para tenerlo en casa en secreto y mirarlo todos los días cuando sale de trabajar. Eso no ocurre...».
-¿Cuáles son entonces los delitos más habituales en el mundo del arte?
-Lo que más nos preocupa ahora mismo es la arqueología. Porque las piezas están bajo tierra y ahí nadie sabe lo que hay ni lo que falta. No sabemos lo que se expolia hasta que lo recuperamos en el mercado. Porque, al final, todas las piezas que salen de la tierra acaban por venderse.
"Nadie se compra un 'picasso' o un 'bacon' robado para tenerlo en casa en secreto y mirarlo todos los días cuando sale de trabajar"
Así, cargado con una pala en unos terrenos de Granada, armado con detectores de metales, linternas y un viejo rifle de caza, empezó su relación con los tesoros hace más de 30 años Arthur Brand, considerado hoy uno de los mejores investigadores de crímenes contra el patrimonio en todo el mundo. «Tener en tus manos una pieza que puede tener más de 2.000 años es una sensación impresionante», confiesa este holandés al que se conoce como el Indiana Jones del arte.
«¿Indiana Jones yo? Pero si no tengo ni carné de conducir», bromea en perfecto castellano al otro lado del teléfono.
Brand asegura que ha recuperado más de 200 obras, valoradas en total en unos 175 millones de euros. Entre ellos, El evangelio de Judas, un texto perdido durante más de 1.700 años, los llamados caballos de Hitler, dos figuras de tres metros de altura que habían estado frente a la Cancillería del Reich, o cuadros robados de Van Gogh, Dalí o Picasso. Hoy tiene una agencia que asesora a casas de subastas y compradores de arte y antigüedades e investiga la procedencia y la valoración real de las obras que circulan por el mercado internacional. «La otra parte de mi trabajo es ir como un idiota detrás de piezas desaparecidas por las que nadie me paga», explica.
La CIA estima que el volumen de negocios del comercio ilegal de arte asciende a al menos ocho billones de euros al año y, según Brand, es ya el tercer mayor crimen del mundo en movimiento de flujo de dinero. «Menos del 10% del arte robado se recupera y más del 30% de las ventas de arte son realmente de falsificaciones», asegura el investigador. La agenda de su móvil está llena de números del FBI o Scotland Yard, de ladrones, comerciantes sin escrúpulos, anticuarios, impostores, policías y periodistas. «El mundo criminal es muy internacional y cada vez que hay un robo de arte en cualquier lugar del planeta, alguien me llama», asegura. «Pero nunca es el ladrón. Nunca se negocia con ellos. Quienes robaron los bacon saben desde el primer día que no pueden hacer nada con ellos. Es muy fácil robar arte, pero venderlo es casi imposible. Cada ladrón de cuadros que he conocido en mi vida se ha arrepentido al día siguiente. Si alguien roba hoy un picasso, sabe que al día siguiente el robo está en la portada de The New York Times y ya no puede colocarlo en ningún sitio».
«Llevarse hoy una pieza superfamosa es una pérdida de tiempo», coincide Jorge Llopis, perito judicial y director de Pecados del arte, la primera revista digital especializada en los delitos contra el patrimonio. «El megalómano de las películas de James Bond que quiere tener un cuadro carísimo en el baño no existe y ya no queda nada romántico en torno a la figura del ladrón de museos. El arte es caro y donde hay dinero siempre hay riesgo».
¿Dónde está el negocio hoy? «En las falsificaciones y en las excavaciones ilegales», comparten Brand y Llopis con la Policía española.
"Menos del 10% del arte robado se recupera y más del 30% de las ventas de arte son falsificaciones"
En el verano de 2022, el FBI confiscó 25 pinturas supuestamente de Basquiat que se exhibían en el Museo de Arte de Orlando por sospechas de falsificación. Cuatro años antes la Justicia italiana había secuestrado toda una exposición de Modigliani en Génova porque, según los expertos de la Fiscalía, los cuadros eran «claramente falsos». Según Thomas Hoving, ex director del Museo Metropolitano de Nueva York, cerca del 40% del mercado del arte se compone de obra falsa.
En nuestro país uno de los mejores falsificadores de arte responde al sobrenombre de El Maestro Español. «Un falsificador supuestamente español cuyas obras están siendo un quebradero de cabeza para los expertos internacionales más reputados en escultura romana desde hace más de 30 años», escribió Llopis en Pecados del arte. «Nadie sabe quién es, pero desde hace más de 40 años ha infectado museos y colecciones con reproducciones de antigüedades romanas».
En realidad sí hay alguien que sabe quién es El Maestro Español: la Brigada de Patrimonio le conoce perfectamente. «Claro que sabemos quién es, pero hasta el momento no se le ha podido imputar nada», explica De Pedro. «Es un gran falsificador, pero falsificar en España no es delito y las esculturas del Imperio Romano no tienen derechos de autor. Otra cosa es intentar estafar a alguien con un producto falsificado, pero a él nadie le ha denunciado. Oficialmente todavía no ha engañado a nadie».
-¿Qué se sabe de él?
-Que lo hace muy bien, pero no te podemos decir más...
-¿Podemos decir al menos que es español El Maestro Español?
-Sí, es español.
Sus bustos fake de Alejandro Magno conectan con la gran industria del crimen del arte: la arqueología. «Quedan millones de tesoros en el suelo y cada mes la Policía o la Guardia Civil arresta a alguien con detectores de metales», cuenta Brand.
Hace tres años, la Brigada de Patrimonio Histórico rescató un botín de más de 90 monedas del Imperio Romano tras localizarlas en una conocida sala de subastas de Madrid. En 2019, recuperó tres esculturas íberas del siglo VI antes de Cristo expoliadas tres años antes en un yacimiento de Córdoba. La Operación Leona -que así se llamó la investigación- se cerró con la detención de ocho personas y el desmantelamiento de toda una red para blanquear las piezas e introducirlas en el mercado legal. En el desenlace del caso fue clave la coincidencia en el tiempo con otro dispositivo del equipo de Montserrat de Pedro en Barcelona: la Operación Harmakhis, centrada esta vez en una red de tráfico de obras de arte expoliadas en Libia que servía para financiar al Estado Islámico gracias al dinero obtenido con la venta de las joyas arqueológicas.
En este universo, las piezas viajan de un rincón a otro del planeta. Aparecen en esos puertos francos que acumulan más obras de arte que los mayores museos del mundo. En mansiones de grandes criminales que coleccionan tesoros a la espera de usarlos como salvavidas si algún día tienen que negociar una condena. En transacciones entre traficantes. En subastas, rastros, mercadillos. En Wallapop, incluso.
«El negocio, al final, siempre está en llevar esas piezas al mercado legal», explica Miguel Ángel Espada, inspector jefe del Grupo Segundo de la Brigada de Patrimonio Histórico. «Desde que una pieza sale de la tierra y hasta que llega a un anticuario hay que crearle un origen: contratos falsos de compraventa, informes de laboratorios de prestigio fuera de España, facturas creadas para simular una compra de hace 50 años, recibos hechos con máquina de escribir y papel antiguo... Hay que crear una historia alrededor de cada pieza para poder engañar al comprador».
Espada entró en la Brigada de Patrimonio en 2007. «Entonces había expolio arqueológico y hoy sigue habiendo expolio arqueológico», resume. «Entonces había detectores de metales y hoy sigue habiendo detectores de metales pero todavía más sofisticados».
-¿Cuánto han afectado los avances tecnológicos en este tipo de delitos?
-Hoy trabajan con aparatos más modernos, con mayor capacidad de detección, pero sobre todo donde se ha notado mayor diferencia es a la hora de colocar los objetos en el mercado. Antes se vendía mucho por eBay, hoy hay muchísimos más canales. Internet ha permitido que no haya que salir a la calle a vender nada y en muchos casos ya ni siquiera necesitas un intermediario. Hay redes sociales y grupos cerrados más difíciles de detectar. Todo es más oculto.
-¿Sería más fácil hoy replicar un cuadro de Francis Bacon con inteligencia artificial?
-Seguramente sí. Pero en estos casos siempre se impone la palabra de quien tenga los derechos de autor. Si lo quieres hacer bien, lo que tienes que falsificar no es sólo el cuadro, sino el certificado de autenticidad. Nunca vas a colocar una obra sin un papel que acredite su procedencia y el origen y que diga que es auténtica.
En los almacenes de la Brigada de Patrimonio guardan varias copias falsas de obras de arte. La mayor parte de las piezas que recuperan se destruyen tras pasar por los juzgados, pero la Policía conserva varias con fines didácticos. Está la menina del Equipo Crónica que hay al fondo del pasillo de la jefa. Pero también guardan réplicas de Picasso, de Miró, de Rafael Alberti o de Tàpies embaladas en plástico de burbujas... Todas están registradas en un documento que parece un catálogo de AliExpress. Para marcar las obras tienen un viejo cuño enorme que pone OSLAF en rojo. FALSO cuando se estampa en el reverso de los óleos.
-¿Son ustedes capaces de detectar una falsificación a simple vista?
-Depende de lo burda que sea. Digamos que tenemos el ojo más acostumbrado porque es lo que hacemos todos los días, pero nosotros nunca decidimos si una pieza es buena o mala. Eso lo decide el Ministerio de Cultura o lo deriva a técnicos del Museo del Prado, del Thyssen o de la Fundación que corresponda. Nuestro trabajo acaba cuando recuperamos la pieza.
-¿Y recuperarán el último de los cuadros de Francis Bacon?
-Danos tiempo.