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El juramento fake de Donald Trump, que maldita la gracia

El presidencialismo estadounidense, en su atrofia, ha derivado en un monarquismo con trazas de antiguo régimen

Un artista indio pinta un mural de Donald Trump.
Un artista indio pinta un mural de Donald Trump.Afp
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Hoy se escribirá una nueva página en el Libro Guinness cuando espectadores de todo el globo presencien el gag con mayor impacto de la historia. Tanto da que lo llamemos así como chiste de mal gusto, broma pesada o humorada sin maldita gracia. Lo que es seguro es que a muchos les provocará más ganas de llorar que de reír, descartado que alguien pueda tomarse en serio el momento en el que Donald Trump pronuncie las famosas 35 palabras obligatorias a modo de juramento de su cargo como presidente, el único requisito indispensable desde la entrada en vigor de la Ley fundamental de la superpotencia en 1789, 13 años después de la Declaración de Independencia: "Juro solemnemente (...) que pondré todo mi empeño en preservar, proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos", dirá con voz grave el interfecto. Y suponemos que a continuación el realizador del Capitolio pondrá unos segundos de risas enlatadas tan propios de las sitcoms americanas.

Y, sin embargo, todos los próceres de esa nación que se empeña en presentarse por el orbe como faro civilizatorio contendrán el rictus serio y harán como que se creen que asisten a un momento solemne. Así de destartalada se les está quedando a los estadounidenses su democracia. Porque el único compromiso sagrado con la ciudadanía de todo presidente es justamente el que Trump pisoteó hace cuatro años en el interregno, y por lo que días atrás el fiscal especial Jack Smith se hacía de cruces al asegurar que hay pruebas a cascoporro para que el castaño pelirrojo hubiera sido condenado y presumiblemente dado con sus huesos en la cárcel, pero al que el indulto de las urnas le ha permitido refocilarse en la Justicia y en quienes siguen creyendo que los pilares primigenios de EEUU siguen vigentes.

Son muy dados los estadounidenses a vanagloriarse de lo vieja que es su Carta Magna y de cómo sobrevive el sistema alumbrado por los padres fundadores. Pero, más allá de que en realidad estos idearan un entramado que poco se parece a la democracia liberal que hoy conocemos, se caerían de bruces sobre sus tumbas si vieran que se les atribuyen a ellos las reglas que en el siglo XXI permiten lo que justamente pretendían evitar en el XVIII: la elección de un demagogo que llegara al poder a través de la exaltación del frenesí de las masas.

Los constituyentes de Filadelfia abominaron de una entidad corrompida y tiránica como la Monarquía. Ocupaba el trono de Londres Jorge III y no puede extrañar que los colonos del otro lado del charco ansiaran una fórmula de gobierno más virtuosa. La paradoja es que el presidencialismo estadounidense, en su atrofia, ha derivado en un monarquismo con trazas de antiguo régimen, mientras las monarquías occidentales que han sobrevivido se erigen, entre otras cosas, en garantes máximas de sus respectivas Constituciones. En el prestigioso índice de democracia global de The Economist, últimamente EEUU aparece en el listado de las democracias deficientes. En el de las plenas encontramos, sin embargo, a la vieja madrastra, el Reino Unido y, entre otros países, al vecino del norte de aquellas colonias que tomó un camino bien distinto: Canadá. Que la coronación de Trump nos coja confesados.