- Galardón Albert Serra, Premio EL MUNDO de Tauromaquia 2024 por 'Tardes de soledad': "Es doble motivo de alegría si la película ha podido beneficiar al toreo
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Lo habíamos dejado en el punto en el que Albert Serra agradece el Premio EL MUNDO de Tauromaquia 2024, y nosotros agradecíamos a Albert Serra la exaltación de «la implacable ética del torero» y «los valores que componen la tauromaquia y sostienen su vigencia en el siglo XXI». Bien. Pues el Premio EL MUNDO de Tauromaquia se entrega este jueves en la plaza de Las Ventas por Tardes de soledad en una gala multitudinaria como es la de la puesta de largo de San Isidro 2025. Serra define la película que se estrenará en España el 7 de marzo como «circular», por concluir en un punto donde podría volver a empezar. Exactamente como le sucede a esta entrevista.
Decía el cineasta de Bañolas (1975) que su filme -aclamado en los festivales de San Sebastián, Nueva York o Montreal- no está al servicio de nada -fiel de la balanza, amalgama de equilibrios- más que de su propia verdad. «O sea, mi teoría del cine siempre ha sido la misma: la cámara desvela algo invisible al ojo humano. Siempre me esfuerzo en no tener ningún tipo de prejuicio, o de interés, o de ilusión, o de nada, en relación al material que vamos a tratar. Por tanto, esta indiferencia olímpica, esta confianza en que la cámara, que nos dará algo revelador, era criterio esencial».
A Roca Rey, el protagonista heroico de la película, no le ha gustado. Es un asunto por el que Serra pasa sin entrar a fondo, un punto que toca de modo tangencial: «A lo mejor a alguien le apetecería más que hubiera más triunfos. Otros quieren ver a otro torero. Andrés es un tipo muy alto, y esto condicionó la elección de plazas. En aquellas en las que el toro era un poco más pequeño no quedaba bien, se veía demasiado pequeño. Era inevitable descartar todo lo que no fuera toro grande. Lo siento, me da igual, no es mi problema. Coincide luego que lo que grabamos tiene que ser Madrid, Sevilla, Bilbao, Santander, otra vez Madrid, pues implica que es más difícil triunfar. Esto también es un poco la fatalidad de la fiesta, ¿no? Y en ello hay algo muy valioso: se filma como se vive, es decir, no para quedar bien con alguien. El compromiso de Roca Rey está en todas las circunstancias».
En el coloquio de la premier del cine Doré le preguntó a bocajarro un antitaurino sobre si hubiera incluido la muerte del torero en el caso de haber sobrevenido del mismo modo que la del toro, y respondió sin fisuras: «Ah, que usted es de esos que pone al animal y al hombre en el mismo plano. Eso es inmoral». Formidable. «Comparar una cosa con la otra me parece tan estúpido que resulta ridículo. Tenemos un deber, una ética, un pudor. El respeto por la persona humana que muere va ligado a toda una tradición judeocristiana. Es la razón de ser de nuestra existencia. Esto implica un estar en el mundo y un compromiso ético que los animales no tienen. La fiesta de los toros, en el sentido pulcro y definitivo del término, es pudorosa por definición. Lo que se hace allí es un ritual íntimo, no es sensacionalista».
Los rituales desprenden una plasticidad especial, una fotogenia diferente que Albert Serra valora y pondera: «Por el lado barroco es evidente, los movimientos, la brutalidad del toro, la cosa de los vestidos, todos los entrecruzamientos armónicos. Hay imágenes de cogidas en las que cuando recogen al torero del suelo transmiten una cosa crística. Como en las fotos de Casa Salvador en las que ves claramente como el descendimiento de la cruz. Esto, que sale a borbotones, combinado con la dureza de la cosa, le da un grado de realidad todavía más fuerte. Una foto a veces se convierte en una algo icónico; la imagen en el cine, sin embargo, es algo vivo, cambiante, que sigue».
-¿Existe un punto de contacto entre la religión católica y el rito de la corrida?
-Aparece menos de lo que pensaba. Creía que el tema sacrificial estaría realmente mucho más conectado con las imágenes. Tampoco afloró el componente sexual, esa relación oscura del sexo y la muerte. Quizás en algún elemento externo, pero no salió tanto.
El frágil equilibro entre la vida y la muerte flota permanentemente en el aire concentrado de Tardes de soledad, la muerte del toro que le confiere el sentido último a su vida. Serra siente ese momento como poético, «le da transcendencia al espectáculo, es lo que lo aleja y separa de cualquier otra forma de entretenimiento. Habla también de la injusticia de la belleza».
Todo viene envuelto por la utilización magistral y libre del sonido como potenciador de la imagen, a veces incluso más explícito que la propia imagen. Sucede en dos sentidos: el impactante ruido que produce la lidia, o sea, el sonido directo de la acción. «Al no ser esclavos de una retransmisión lo podíamos manipular para hacerlo más original», dice.
Y luego está el sonido de los diálogos captado por los micrófonos inalámbricos de la cuadrilla de Roca Rey. No sólo destensan la película y la humanizan, sino que además introducen el elemento denominador de otros filmes de Serra como La muerte de Luis XIV: el humor. «Los diálogos son un hallazgo. La gente no lo ha entendido bien. A pesar de los elementos de procacidad y atrevimiento [las tres palabras que más se repiten en la película son cojones, verdad y cumbre], cosas que alguien ha tildado como vulgar, desprenden poesía. Contienen unos valores humanos para mí innegables y muy entrañables. La vida también está atravesada por elementos que no son ni tan graves ni tan solemnes. Roca es aparte. Como una efigie. Como algo introspectivo».
La película prescinde del elemento del público, y esto es curioso siendo la fiesta de los toros un arte popular. La manipulación reciente encuadra, sin embargo, la tauromaquia en el pensamiento conservador, injustamente. «No era sí en el pasado. Desde un punto de vista político, la tradición de la izquierda se ha cruzado con las nuevas tendencias, y ahora la fiesta parece un atentado contra los derechos de los animales. Conduce a una simplificación muy tonta: a los que les gusta esto no son esto y, por tanto, son lo otro. Antes todo el mundo había vivido en el campo. La vida tenía un valor diferente. Yo, por ejemplo, he vivido toda mi vida en la ciudad. Nací en el campo, vi siempre matar cerdos, conejos, pollos. No es que sea especialmente de campo, pero todo el mundo tenía más contacto con este tipo de realidades y con la muerte. Existe el ecologismo exacto del urbanita. Me gusta mucho escuchar a Michael O'Leary, el de Ryanair, ¿sabes?, que entre algunas tonterías también suelta verdades. Que los aviones contaminan lo dice siempre uno que va en un Land Rover a comprar al supermercado un kiwi que viene de Nueva Zelanda en avión».
"Comparar la muerte del hombre con la del animal es tan estúpido que resulta ridículo. El ideario woke acaba con la llegada de Trump"
-Es que todo está contaminado del ideario woke.
-Bueno, esto ya se acabó con la llegada de Trump. Parece ser que va a estar bastante fuera, porque de entrada mucha gente se ha alineado a su lado. La política de la cancelación, del control de contenidos, empezó por la realidad y acabó en la ficción. Incluso con los del arte del pasado. Cancelar una ficción de ahora ya es completamente absurdo, pero hacerlo con una ficción de una persona que creó algo en un momento en que los valores eran otros es estar mal de la cabeza. No sólo cancelan la obra sino al autor de la obra. Ya lo dijo Elon Musk en un tuit: cancel culture has been canceled (la cultura de la cancelación ha sido cancelada).
-¿Y a usted qué le parece?
-Para mí todo lo que sea la libertad... Temas sociales y políticos requieren más matices. Sobre todo cuando las diferencias entre pobres y ricos no paran de crecer. A nivel de arte, de expresión artística o incluso de libertad de expresión, ya en cualquier ámbito, la cultura de la cancelación es completamente estúpida, una cosa patética, ridícula, infantil.
-¿Entiendo que no está, desde este punto de vista, en el discurso crítico contra Trump y Musk?
-No, no. A mí me caen bien. Sólo por defender más la libertad de expresión ya me caen bien. Pienso que hay algo de libertador en ellos. Lo que pasa siempre es que las fronteras entre libertador/dictador luego se hacen difusas.
-¿Cree que los valores de Occidente están en decadencia?
-Hombre, yo ya soy de la vieja Europa. Es la civilización que tiene más autocrítica de toda la historia de la humanidad y cada movimiento, cada avance, se ha basado en precisamente en ser autocrítico, extremadamente autocrítico. Incluso hasta niveles de agresividad y de una oscuridad excesiva que los americanos, por ejemplo, no tienen. Siempre son optimistas, pragmáticos, muy de ensayo-error. El arte es un buen reflejo de ello. Todo el arte a partir de la mitad del siglo XIX, toda la modernidad, es una destrucción de lo anterior. Pero con mucho pensamiento detrás y con mucho deseo de innovación, a nivel político, social, humano. Son todo revoluciones muy buenas. ¿Quién ha dado la Revolución Francesa o la Revolución Rusa? Son cosas que cambian el mundo para siempre. Ninguna otra civilización puede dar dos revoluciones de este calibre, de este fondo de pensamiento sobre nosotros mismos. Eso a nivel social. No digamos ya todas las tendencias filosóficas, espirituales de todo tipo. Occidente no tiene comparación alguna con otras civilizaciones. Todas parecen un poco infantiles, dicho con respeto, pero, claro, esto es la vieja Europa y los valores se basaban en cosas tan evidentes la libertad de expresión, por ejemplo. Lo digo sin menosprecio a otras formas de estar en el mundo. No podemos vivir con conformismo. Somos intelectualmente inconformistas. Esto viene desde la tradición, desde los griegos, los romanos y todo lo cristiano. Esto está allí. Es muy complejo y lleva a conflictos. Si no te pones en cuestión nada, los problemas se reducen, es evidente.
-¿Y qué ha pasado con la vieja Europa?
-Estamos en una encrucijada. Hay algo muy infantil en cerrar los ojos y pensar que los problemas cambian. O hacer como el avestruz. Esto ya se acabó. ¿Por qué la extrema derecha, o como quieran llamarla, sube y sube y sube y no para de subir en todos los países? Porque los partidos no lo solucionan. La gente ha ido tomando la medicina que le daban, pero si no soluciona sus problemas... Ya no es suficiente con tener una pretendida razón moral. Debe reflejarse en algo más aparte del discurso. La solución no provenía de lo tradicional, la gente se cansa, cambian cosas, a pesar de que pueda confundirse. Si todo funcionase perfecto, no se confundirían .
A Albert Serra lo consagraron en Francia por Pacifiction (2022) con nueve nominaciones a los premios César, y sin embargo en España pasó inadvertida. «A los señores de la Academia les cuesta más, poco a poco van entrando». A ver con Tardes de soledad.