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Hay dos cosas que Ray Loriga hace constantemente, que son fumar y reír. Lo de reír no es plan ji, ji, es que el tío se descojona todo el rato, y disculpen la palabrota, pero no hay otra forma de explicarlo. Incluso cuando dice cosas un poco solemnes, fuma y se descojona, o, bueno, se troncha, vale. Está hablando sobre su nueva novela, que se llama Tim (Alfaguara) y que sale hoy a la venta, y dice «Siento una extrañeza total ante el mero hecho de existir, todo me parece bastante absurdo», da una calada y jo, jo, o dice también «Ya que este viaje parece que no va a ninguna parte, por lo menos que sea lo más llevadero posible», calada, jo, jo, y sobre todo dice varias veces «Esto de vivir es un gran ¿para qué?», dicho ¿pa qué?, y todas, todas las veces acaba la frase entre grandes carcajadas y una pequeña nube de humo.
Tim comienza con una persona que al despertar no quiere salir de la cama, en realidad no tiene claro si quiere salir o no, de pronto no tiene nada claro. Es una sensación que seguro que han tenido alguna vez, pero a diferencia de ustedes el narrador no sale de la cama, sino que divaga y recuerda, y se lo plantea todo, y disocia entre todas las personas que ha sido, se multiplica entre todas las posibilidades de su ser difuso. «La verdad es que el libro es raro de contar», dice nada más empezar la conversación Ray Loriga, con su jo, jo correspondiente, «porque lo que estoy haciendo es invitar al lector a un desconcierto, y llevarle con la escritura a la escritura, que es lo que realmente me importa, el mecanismo de la escritura». Calada. «Espero que no me lo tiren a la cabeza». Jo, jo. «En la editorial están entusiasmados, curiosamente. La editora me dijo: 'No sé exactamente qué es, pero me gusta'».
Algunas frases del narrador de Tim: «Soy un salvaje sin domesticar en una sociedad extraña»; «Despertar del todo sería enfrentarse a la ciénaga de lo real»; «La esperanza quedaba prohibida»; «El mundo es una emboscada»; «Debo bajar donde empiezan todas las escaleras». Sí, este es un libro para los que se sienten forasteros en cualquier situación, los que encuentran que la vida es caótica y el mundo amenazante y creen que la memoria, más que un refugio, es una trampa.
«Hay una especie de derrota de todas las ilusiones. Eso también lo menciono en el libro, lo absurdo de cada empeño, de todos los empeños», explica el autor madrileño de 57 años. «Es como el final de El halcón maltés, ¿no? Dices: ¿tanto lucha y tanto empeño, para esto? Las pírricas victorias de una vida, tanto las conquistas de amor como en el trabajo, esa búsqueda del éxito, todo eso, ¿para qué?». Un poco de jo, jo. «Estoy vendiendo fatal el libro», concluye, y gran jo, jo.
El sentido de la vida para Ray Loriga, y el sentido de esta novela, es la literatura. «A mí me sujeta la lucha interna de escribir, esa es la única ilusión que me creo, y es una de las razones de este libro, que es la literatura sin causa, cosa que cada vez me apasiona más ahora que las películas y los libros siempre tienen como una causa: hace justicia a las mujeres olvidadas de no sé qué o a los pingüinos de no sé dónde, defiende unos valores, no sé qué causa, no sé qué opresión, no sé qué... Fred Astaire no defendía nada, bailaba y hacía el gilipollas, pero lo hacía muy bien. ¿Qué he aprendido de Fred Astaire? Pues no mucho, pero me encanta. La literatura que me gusta es la que hace justicia con la literatura, básicamente, la que pertenece a su propia forma», concluye.
Por eso probablemente Tim no tiene una trama ni avanza con la acción, pero sí tiene un tema principal, la identidad, una preocupación que surge como respuesta a la importancia que han tomado los discursos identitarios en la última década. «Supongo que el libro es la resaca de esas olas», concede. «Yo busco una identidad no definida por grupos, ni sectores, ni naciones, ni géneros, ni posiciones equis en lo social. Una identidad digamos invulnerable frente a los demás. Yo no quiero ser ni el alto ni el bajo de la clase, de hecho no quiero que haya clase a la que acudir y que me dejen en paz», culmina.
«Supongo que tanto discurso identitario es necesario, sobre todo si te lo niegan», continúa reflexionando. «Lo ideal sería que no hiciera falta y no tener que ir explicándolo todo».
- ¿La identidad es una invención?
- Es una pregunta que me quiero hacer en el libro y para la que no tengo una respuesta exacta. La identidad es una formulación, una entelequia, es algo muy arbitrario. Desgraciadamente somos seres sociales y toda nuestra identidad se define en base a comparaciones con los demás, pero si te dejan solo, ¿dónde estás? ¿Quién eres?
- Que la identidad es algo complejo lo definió Walt Whitman en los versos "Yo soy inmenso... y contengo multitudes".
- Walt Whitman la verdad es que estaba muy presente en mi cabeza cuando escribía este libro. Lo de cómo responder al don dado, no porque yo tenga un gran don o talento, sino el don de ser, de estar vivo, básicamente. ¿Qué respuesta lógica tendría? Cada uno de nosotras y nosotros pues mal que bien mientras estamos vivos, nos preguntamos, ¿qué hago yo, cómo respondo a ese don?
- ¿Por qué somos sociales desgraciadamente?
- Sí, porque por un lado creo que tengo cierta facilidad para llevarme bien con la gente y me agrada, pero, por otro lado, me considero siempre como extraño en cualquier circunstancia social. Me suelo preguntar, ¿por qué tengo que formar parte de esto? ¿Qué hago aquí? Es una extrañeza total. Es que todo me parece bastante absurdo.
- O sea que estar metido en la cama y decir 'mejor no me levanto' es algo que le resulta familiar.
- Sí, sí, porque en cuanto te levantas la cagas, básicamente (ríe). El libro va de eso: en cuanto te levantas la has cagado. Todo intento de cualquier cosa acaba en el ridículo, o lo haces mal, o no era lo que esperabas y te desilusionas.
- El personaje dice en un momento: «Si de verdad fuese adivino, me dedicaría a tratar de saber quién soy o quién fui al menos». ¿Es algo que le preocupa?
- Sí, yo creo que es una de las reflexiones obligatorias. Estamos tan centrados en lo que hacemos que a veces no tenemos tiempo de preguntarnos quién coño somos.
- ¿Y quién es usted?
- No tengo la menor idea (ríe). Fuera de las páginas realmente me intereso poco a mí mismo. Intento más o menos ser una persona agradable con los demás, especialmente con mi familia, con mis hijos, con mis amigos, pero, como dice el personaje, sueño con una tumba sin mi nombre.
Ray Loriga está ya en su cuarta década como escritor, una carrera que comenzó con estruendo con las novelas Lo peor de todo (1992), Héroes (1993) y Caídos del cielo (1995), que él mismo llevó al cine como director en La pistola de mi hermano (1997), el mismo año en el que trabajó con Almodóvar en el guion de Carne trémula. Desde entonces se divide, como el personaje de Tim, entre el novelista y el guionista, aunque buena parte de su trabajo en el cine no lo firma pues funciona como asesor o en el desarrollo de proyectos.
Aprovechando esta morcilla biográfica de contexto, dejen que el propio Ray Loriga les cuente una historia con moraleja: «A los 17 años me puse a buscar trabajo y fui a varias entrevistas. En una de ellas estábamos unos 345 candidatos esperando. Al otro lado de la puerta escuché que le preguntaban a uno que dijera una virtud y un defecto que tuviera, y va y dice: 'Mi virtud es que soy súper trabajador, súper dinámico, no me cansa ningún esfuerzo. Y un defecto es que soy demasiado perfeccionista'. Termina la entrevista, sale al pasillo, que era en un primer piso con apenas 10 escalones, y coge el ascensor. Y digo: 'Joder con el dinámico, el que no se cansaba nunca' (ríe). Yo conseguí el trabajo y él no. Estuve cinco años; de hecho cuando publiqué mi primer libro seguía allí, en el Adolfo Domínguez de Ortega y Gasset».
Hace cinco años y medio, a Ray Loriga le extirparon del cerebro un tumor del tamaño de una pelota de golf. El lado derecho de la cara se quedó muy dañado como secuela de aquel proceso en el que estuvo a punto de morir. En una época en la han aparecido tantísimos libros sobre dramas personales de mayor o menor intensidad, el novelista no ha tenido ningún interés en escribir nada ni lejanamente nada relacionado con ello. «La enfermedad es algo desgraciadamente tan común, tan vulgar, que nos pasa a todos, y si no es a ti le pasa a alguien cercano, no algo que te ilumine de ninguna manera. Yo no he salido más listo de ese proceso, soy más o menos el mismo escritor», dice Loriga con aplomo, probablemente aburrido de hablar del tema.
«Hay dos maneras de pasar esto, una es que te mueres y la otra es que sigues. Si tienes la suerte de seguir, pues sigues más o menos con lo que estabas haciendo», continúa el novelista. «A mí lo de morirme me daba un poco igual. Pues si me muero, me muero, también se murió Manolete, yo que sé, nos morimos todos (ríe). Adiós. Pero lo de quedarme vivo y no poder escribir me aterraba. Eso sí me aterraba. Pero me acuerdo despertar en la UCI y ya pensar una frase, y decirme: Ah, vale, sigue aquí el mecanismo, igual de malo (ríe), pero por lo menos funciona».
- El miedo está presente en la novela, pero usted no parece una persona miedosa.
- No, nunca he sido muy miedoso, tengo mil millones de defectos, pero ese no. Voy por México y me dicen 'No vayas a tal barrio', y yo voy a ver qué pasa. ¿Y si me matan? Pues me matan, qué le vamos a hacer, pero por lo menos lo he visto.
- De esos mil millones de defectos, ¿cuál es el peor?
- Ser un bocazas, para empezar. Digo siempre más de lo que debo... (piensa unos segundos) Supongo que en la juventud he sido vanidoso, pero eso se cura con el tiempo, afortunadamente. No me quiero confesar aquí como si fuera usted un cura, pero imagino que siempre te achacas que no te preocupas lo suficiente por los demás. En el trabajo de escritor es muy difícil ser generoso con los demás. Es un trabajo egoísta. Te metes con lo tuyo y pones compartimentos estancos con los demás. Pones barreras, y eso es puro egoísmo, pero no concibo otra manera de escribir. Es muy difícil ser escritor y ser simpático. Otra cosa es amable, puedes fingir simpatía.
- El narrador de su novela se desdobla en innumerables identidades. De todos los Rays que es o podría haber sido o ha intentado ser, ¿cuál es su preferido?
- Hombre, algunos me dan más vergüenza que otros, por eso el silencioso es el que mejor me cae (ríe). El tranquilo. Es también de lo que habla el libro, cuando no has hecho nada no tienes nada que reprocharte (ríe). Si te callas no metes la pata.
- Y todos los Rays que ha sido y que ya no es, ¿cuál echa de menos?
- Tampoco pienso qué listo era, o qué arrogante, o qué tonto. Cuando era joven hacia lo que se me ocurrió en aquel momento. Pero si me viera en perspectiva, que es difícil por no decir imposible, intentaría que aquél no regañe a este y viceversa, porque el de antes podría decir, 'Jo, esperaba más de ti, gilipollas', y el de ahora podría decir, 'Bueno, no haber sido tan idiota'. Así que intento que no se comuniquen demasiado.
- ¿Diría que sus novelas responden a una filosofía vital?
- Bueno, eso suena muy pomposo. Supongo que es una búsqueda, una búsqueda constante. La Filosofía básicamente es cuestionar, no está basada en pontificar, ni en crear dogmas, sino en hacer preguntas interesantes que desmonten otro dogma.
- ¿Qué cosas se cuestiona?
- Bueno, todo, puedo cuestionar todo: las conductas, las organizaciones sociales, las ideologías, los dogmas, la religión, todo acto, desde el violento hasta el pacífico, los parámetros de valentía y cobar--día... Cuestionarse todo, pregunta por pregunta. Es quirúrgico. Como decía Wittgenstein, considerar dudosa hasta la frase, una desconfianza absoluta por la formulación del propio lenguaje, porque el lenguaje es la herramienta con la que se crean las ideas.
- He preguntado por sus defectos y sería muy descortés no preguntarle por sus puntos fuertes.
- El otro día hice un rabo de toro muy rico. Me quedó muy bien. Esa es la más destacable.
Calada, jo, jo.