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"Lo intentó. Creo que esa frase se ajusta a mi vida". En una de las últimas entrevistas que concedió, en el momento en el que el periodista le pidió que resumiera su carrera, él, de forma entre lacónica y muy suya, muy de Hackman, lo dejó en eso: "Lo intentó". Gene Hackman, de hecho, se pasó una vida entera intentándolo todo, intentando ser cualquiera en general, que es una forma de ser todos y cada uno de nosotros, que es la única manera posible de ser actor. Por su estilo siempre explosivo de interpretar, por su físico nada común, por su bella y electrizante fealdad, Gene Hackman siempre fue un actor (luego, al final de su vida, también escritor) alejado de cualquier tipo de definición, esquematismo o encasillamiento. Fue capaz de confundirse con cada uno de sus personajes, de ser siempre distinto, sin renunciar en ningún momento a ser siempre él, siempre idéntico a sí mismo. Hasta el final de una vida que duró 95 años.
Cuando el patrón de galán clásico se derrumbó y la pantalla se pobló de individuos tan bajitos como Al Pacino, tan siniestros como De Niro o tan versátiles y camaleónicos como Dustin Hoffman, él, el protagonista de un puñado de obras maestras como The French Connection, La Conversación, El Espantapájaros, La noche se mueve o Muerde la bala, además de secundario estelar en otro bien nutrido grupo de películas imprescindibles como Bonnie and Clyde, La aventura del Poseidón, El jovencito Franskenstein, Un puente lejano, todas las películas de Superman que nos gustan, Otra mujer o, por supuesto y por encima de dios mismo, Sin perdón; él, decíamos, Eugene Allen Hackman, lo fue todo, lo intentó todo, fue todos.
Elegir un solo papel (o diez o 20) en una carrera que se prolongó a lo largo de 40 años hasta su retirada en 2004 se antoja prácticamente imposible. Aunque se intente con ahínco. Son más de 80 trabajos y en todos ellos dejó su impronta, siempre distinta, siempre igual a sí misma. Su primer trabajo para la eternidad le llegó de la mano de William Friedkin cuando le ofreció ser Jimmy Popeye Doyle en The French Connection. Ahí, en una película rodada en cinco semanas en el invierno de 1970 y contra todas las prevenciones del sentido común, Hackman se ofreció sin ambages al borde mismo de todos los suicidios. La desesperación un hombre condenado a muerte (de eso va) luce perfecta en el gesto arrebatado y furioso del protagonista convertido en un personaje de Beckett con una pistola en la mano. O en el tobillo. Nada tiene sentido en él, víctima y verdugo a la vez, salvo la constancia despiadada de lo básico: el ahogo primario de la más simple de las persecuciones. Se corre, sí, pero hacia dónde.
Nacido en 1930, se unió a la Marina a fines de la década de 1940 y solo se decidió a estudiar interpretación a fines de los 50. Entonces contaba con casi 30 años. Hackman se hizo amigo de Dustin Hoffman en el Pasadena Playhouse y los dos fueron votados de manera unánime como las mejores promesas de fracaso. El título otorgado fue el de "los menos propensos a tener éxito". Y así hasta que debutó en el cine junto a Warren Beatty en Lilith en 1964 para acto seguido interpretar a Buck Barrow en Bonnie and Clyde, de Arthur Penn, película de la que su colega Beatty era productor. Fue su primera nominación al Oscar. Pero no solo eso, Hackman aún no lo sabía, pero acaba de fundar un universo entero. El Nuevo Hollywood, del que él sería figura imprescindible, acaba de nacer. El mejor de los intentos, sin duda.
Luego llegó Jimmy Popeye Doyle y de su mano su primer Oscar en 1971.
Lo que siguió es una década gloriosa. La suya. La de los 70. La que definiría el cine contemporáneo hasta hoy mismo. Hackman fue el cura que se sacrificó por todos en la mejor de las películas de catástrofes. La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972) significó su bautismo en el cine más popular y su consagración como el personaje al que siempre había que respetar. Y querer. O estabas en el equipo de Hackman o estabas fuera. Su papel junto a Al Pacino en El espantapájaros (Jerry Schatzberg, 1973) como vagabundo no solo desnudaba el célebre sueño americano, sino que lo hacía con gracia. Como desternillantemente graciosa fue su colaboración en El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974). El más duro y corrupto de lo polis también podía ser el más demente y disparatado de los mad-doctors.
Ese mismo año, el glorioso 74, Hackman daría vida Harry Caul, el detective que simplemente escucha y toca el saxofón en La Conversación, la película de Francis Ford Coppola que se hizo con la Palma de Oro y que redefinió los parámetros de lo que puede ser y no ser contado, lo que se ve y lo que está en la pantalla. La película magistral que discurre enteramente en fuera de campo le colocó ya y para siempre en el Olimpo; un lugar reservado a los que mejor lo intentan (y los que mejor fracasan) desde donde entregó solo un año más tarde dos películas más para la eternidad: La noche se mueve, de Arthur Penn, y Muerde la bala, de Richard Brooks. El thriller y el western vivían sus particulares revoluciones en el rostro tallado a escoplo de Hackman. Por el camino, se apuntó alguno de esos desplantes que engrandecen todavía más su figura: fue el hombre que dijo no a Tiburón, Encuentros en la tercera fase y En busca del arca perdida.
Lo que siguió no es comparable. O sí, según se mire. A la espera de su resurrección en Sin perdón, el trabajo de Clint Eastwood que le valdría su segundo Oscar en 1992, el actor pasó por los 80 en plena forma y con muchas ganas de dinamitarlo todo. En sentido literal. Esa y no otra fue siempre la intención de su Lex Luthor. Su intervención en el Superman de Richard Donner y siguientes no solo dejaría en ridículo al mismísimo Marlon Brando, sino que haría que por primera vez no nos importara lo más mínimo que el mundo acabara para siempre. Estábamos con él. Y así seguiría siendo cuando se empeñó en Hoosiers: Más que ídolos (David Anspaugh, 1986) ganáramos el título de baloncesto que se nos resistía y así volvería a ser en su lucha simpar contra el racismo en Arde Mississippi.
Ahí, en la cinta de Alan Parker de 1988, el rudo y siempre efectista (además de efectivo) director dejaba que el foco de la cámara se desplazara hacia los modales hoscos, quizá brutales, de Hackman. Y era ahí donde surgía la identificación con el patio de butacas, en el hombre que para conseguir sus objetivos (por muy buenos y santos que sean) obedece a los siempre bajos instintos del espectador. De nuevo, siempre con él, siempre a su lado, por muy salvaje y desafortunada que fuera su elección. Y así hasta Sin perdón. El duelo Eastwood-Hackman es más que simplemente el encuentro de dos actores de leyenda, es una cita en el infierno de dos dioses. Tal cual.
Lo que sigue hasta el final y antes de que se por culpa del estrés (eso le dijo el médico tras mirar atentamente su corazón) se reconvirtiera en escritor, es el digno caminar de un mito por su propia y bien ganada mitología. Lo intentó, dice, y de qué manera. La tapadera, Marea roja, Al cruzar el límite o Poder absoluto son ejemplos del Hackman más Hackman. Pero ¿cómo olvidar su delirante y genial papel en Los Tenenbaums. Una familia de genios, de Wes Anderson? No fue su último intento, pero sí uno de sus mejores últimos. "Lo intentó. Creo que esa frase se ajusta a mi vida", dijo. DEP