Como el coco que nadie ha visto pero todos temen, la deuda pública aparece en los discursos cuando conviene meter miedo o justificar sacrificios. Pero lo hace de forma difuminada, como si fuera un problema de otros, como una deidad fantasmagórica a la que no se presta atención porque nadie la tendrá que afrontar. Se la vamos a dejar a los hijos. En España, ese legado se presenta con sonrisa política y disfraz de normalidad. El debate sobre qué es austeridad sigue presente, como una herencia envenenada de la crisis financiera. En España no hay presupuestos públicos. Se esquivan y no pasa nada. En Alemania, donde la deuda es el demonio que arrasa las carnes por la experiencia histórica, se vive un inusitado cambio de rumbo fiscal, con inauditos presupuestos expansionistas, pero la música suena, al menos, a reflexión estratégica.
Durante años, nos hemos anestesiado con tipos de interés bajos y compras masivas de deuda por parte del BCE. Era el mundo feliz: crecimiento magro, pero financiación gratuita. Pero la fiesta se ha acabado. El coste de financiación está subiendo y la deuda acumulada -en España, aún por encima del 107% del PIB- empieza a pesar como una losa. Alemania, sí, la del Schuldenbremse constitucional, ha roto su disciplina fiscal. Pero lo ha hecho con brújula. Con un plan de 500.000 millones en infraestructuras a 12 años y otros planes para defensa y transición ecológica. No es compra de votos. Es un plan para reposicionarse en un mundo geopolíticamente volátil y tecnológicamente exigente. Es austeridad transformada en inversión. Son alemanes, pero han entendido que la ortodoxia sin visión no es virtud, es cerrazón.
Mientras, en España, seguimos atrapados en el Día de la Marmota. No hay Presupuestos Generales del Estado y ya se ha asumido que 2025 será otro año con cuentas prorrogadas. La normalización de lo excepcional se ha institucionalizado. ¿La respuesta oficial? «Si no podemos negociar los de 2025, ya empezaremos con los de 2026». Mientras tanto, las autonomías hacen cola para recibir condonaciones de deuda como quien espera su turno en la tómbola: unas porque son clave para la gobernabilidad, otras porque no quieren quedarse fuera del reparto. El debate territorial no es menor. La deuda pública en España ya no es solo estatal, es una suma desordenada de responsabilidades diluidas. Las comunidades han acumulado niveles altísimos de deuda, entre otros, con el Fondo de Liquidez Autonómica y ahora reclaman condonaciones selectivas sin reforma estructural a la vista. La desigualdad en el trato fiscal empieza a envenenar el debate político, mientras nadie se atreve a proponer una revisión completa del modelo.
Pero el gran mito es otro: creer que podemos endeudarnos indefinidamente sin consecuencias. Que «ya se arreglará». Que «el crecimiento vendrá». Es la misma fe ciega que hoy en Estados Unidos lleva a humanoides del des-humanismo como Elon Musk a defender recortes salvajes del gasto público mientras el déficit federal marca récords. Como si bastara con algoritmos para sostener hospitales, educación, pensiones y Seguridad Social.
En España, además, se suma el invierno demográfico. Con 1,3 hijos por mujer y una tasa de dependencia que superará el 70% en 2050, el Estado del Bienestar es una casa sin cimentar. Y mientras tanto, seguimos sin pacto de pensiones, sin plan de productividad, sin horizonte presupuestario. Solo hay reparto. Hasta miramos a Alemania por encima del hombro.
La deuda no es el problema, es no saber qué hacer con ella. Alemania, al menos, ha roto su tabú para reordenar prioridades. Aquí, en cambio, vivimos una especie de infantilismo fiscal: nadie quiere ser el malo de la película, nadie quiere decir que los Reyes Magos somos nosotros. La frase que define el momento económico no la escribió ningún economista, lo hizo la mitología: «La deuda son los padres».
Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada y economista sénior de Funcas.