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Apenas era un crío de seis años cuando empezó a emocionarse con la danza. Antonio Najarro (Madrid, 22 de noviembre de 1975) cuenta que era un niño súper tímido e introvertido. "Era tan vergonzoso que no me atrevía a mirar a nadie que no fueran mis padres a los ojos". Pero algo cambió en la Feria de Málaga, a la que le llevó su familia desde pequeño. Se quedó prendado de los impresionantes volantes de los trajes de flamenca y el pantalón alto de los hombres. "Me encantaba esa estética y veía a la gente desinhibida bailando por la calle".
Ese fue el detonante de sus primeros pasos y clases. "Aprendí sevillanas, verdiales, malagueñas... Todos los bailes típicos regionales y salía a la calle a exhibirlos". Esas actuaciones lograban despojarle de su coraza. "Comunicándome a través del movimiento me liberaba y no me importaba en absoluto que me aplaudieran y me hicieran corritos". Al revés, se venía arriba. "La danza me hizo superar esa introversión", sentencia, y por eso sus padres no tuvieron ninguna duda en llevarlo a un conservatorio y apoyarle en su deseo de profesionalizarse en un arte.
EL ANTONIO BANDERAS DE LA DANZA
Hoy, esa llama que se despertó en la infancia está más viva que nunca. El bailarín y coreógrafo multipremiado -incluso con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2023- ha dirigido el Ballet Nacional de España y tiene una compañía propia. Sonríe cuando le llaman el Antonio Banderas de la danza. "Vengo, precisamente, de estar con él y para mí es un halago que me comparen con este referente, ya no sólo por toda su trayectoria cinematográfica, actoral y de musicales, sino por el interés que tiene en encumbrar la cultura en España".
Najarro lleva años luchando por dar visibilidad y dignidad a la danza. No hay un artista que la haya exhibido en tantos ámbitos: pasarelas de moda internacionales, películas de animación de Disney como Wish, fotografía artística, revistas, el deporte con la natación sincronizada y el patinaje artístico, los mejores teatros del mundo... "La primera vez que el flamenco ha pisado el escenario del Metropolitan Opera House ha sido la semana pasada con una coreografía mía. Desgraciadamente, presentar un espectáculo en un circuito de teatro te permite llegar a unas 1.000 ó 1.500 personas y ahí se queda. Por eso intento divulgar con rigor y calidad también en plataformas sociales, dar la información a los medios... No tengo problema, aunque sé que hay artistas que son muy reticentes a compartir su obra por miedo a copias".
SIN MIEDO A LAS COPIAS
Él, en cambio, piensa que es símbolo de que gusta lo que hace. "El alma del artista es irrepetible, así que sé al 100% que una réplica nunca será igual al original". Su última actuación en el Teatro Albéniz, en la gala de Premios de la Academia del Perfume, es un buen ejemplo. "Llevamos trabajando en equipo mucho tiempo, más de cuatro meses de investigación con una diseñadora para que trajes y mantones tuvieran movimiento y recrearan las familias olfativas a través del baile".
A partir de poemas como Verde que te quiero verde de Lorca y otras proyecciones, sus bailarines con castañuelas y una cantaora han evocado los aromas sobre el escenario. Además, está inmerso en su próximo espectáculo, Romance Sonámbulo, que estrena en dos semanas. "En España tenemos muchísimo potencial pero no somos conscientes. Cuanto más viajo, más me doy cuenta del valor que tiene mi país y lo poco explotado que está por ese complejo que tenemos como sociedad", opina.
EL VALOR DE LA DANZA
Le gustan los retos que le saquen de su zona de confort. "Para mí un buen bailarín requiere una preparación física importante, con una buena complexión ósea y muscular, que defienda distintos estilos, desde el folklore al ballet clásico". Hay numerosas disciplinas que rodean al baile, como el gyrotonic o el Pilates en máquinas, de hecho. La técnica y una personalidad muy marcada -ese ángel o duende- son indispensables al 50%. "Hay coreógrafos que se fijan en la pirueta perfecta y otros en la teatralidad que emociona. Yo pido las dos cosas".
Cree que la danza es indispensable en la actual sociedad de la inmediatez. "Nada te va a salir de un día para otro, sino con repetición y constancia. Sin disciplina férrea no puedes ser bailarín". Los horarios son muy marcados desde primera hora de la mañana, pero también tiene que haber tiempo para descansar. "No puedes asumir ocho horas de trabajo sin dormir bien y tener una buena alimentación, que no es comer poco ni lechuga y pechuga, sino que te aporte nutrientes variados para estar potente y con energía".
BENEFICIOS DE LA DANZA
El sentimiento de equipo es vital. "Muchas veces tienes que bailar con gente alrededor y tú te amoldas a ellos y ellos a ti, así que es un aprendizaje estupendo para los niños". A los bailarines de danza española se les requiere un ritmo y un compás perfecto. "Eso te ayuda a desarrollar muchísimo la musicalidad. Más aún cuando no sólo bailamos con la banda sonora que nos ponen, sino que tocamos castañuelas y zapateamos, es decir, somos instrumentistas también".
Destaca el poder de la danza para mostrar tu sensibilidad a través del movimiento, lo trates como un hobby o a nivel profesional. "Es importante que los padres dejen a los hijos en su niñez y juventud expresarse a través del arte, ya sea el baile u otro, para que puedan convertirse en personas con más criterio y desinhibidas, menos autómatas e individualistas". Najarro piensa que se está perdiendo la conexión social y el respeto al maestro. "Con tantas pantallas necesitamos todo lo que te da una actividad como la danza, que no es ni una cuarta parte de lo que te da el fútbol, aunque lo respeto mucho y mueve masas, pero te desahogas, gritas e insultas. En el baile conectas con tu cuerpo por dentro y por fuera y eso es muy positivo".
UN BUEN MAESTRO
La danza es evidencia pura, dice. "Aquí no se puede hacer playback". Por eso un buen coreógrafo sabe leer cómo está su bailarín. "Si no ha dormido o comido bien o si se puede lesionar o está en riesgo. Hay que saber guiarlo y no pedirle lo que no puede hacer". Diferente es que haya algún accidente, como caer mal de un salto, o meterse en una sala solo y hacer el loco. "Los egos en una compañía son complicados de manejar".
En la compañía Antonio Najarro son 14 bailarines, pero en el Ballet Nacional de España eran 45. "Todo muy jerarquizado y cada uno de ellos quiere estar delante y ser primer bailarín. Ahí es donde se ve cuando uno es buen director y consigue que se sientan satisfechos", se sincera. Si es un bailarín maduro, va a entender qué hay en la cabeza de su director y por qué no lo pone donde él cree que debe estar aunque no lo comparta, continúa. "El director tiene que saber comunicar muy bien a cada uno de sus bailarines qué hacer para llegar a donde él quiere. Tiene que ser un 60% psicólogo y un 40% director, porque hay gente con muchísimo talento pero maleducada y poco disciplinada".
Él nunca bajó las manos en esos casos. "Es mucho más trabajo pero yo prefiero indagar en el interior del artista para saber por qué me desafía y se comporta así. Un grandísimo talento no se puede perder". Corregir no es suficiente, hay que dar fórmulas para poder llegar a lo más alto. "Cuando el bailarín siente esa evolución cambia de manera radical".
Ante tanto ajetreo, desconecta meditando y yendo al cine. "Tengo espacios de intentar no hacer nada". En Madrid disfruta del Museo del Prado y del Parque del Retiro. Pero, sobre todo, de su casa. "Me la diseñó el arquitecto Raúl Almenara inspirándose en los dibujos que hago para recrear las coreografías. Está totalmente construida en espiral, con azulejo cordobés, y el cuarto de baño es el centro y de ahí parten esas piruetas de la danza y los colores de mi vestuario Alento. Cuando estoy allí me siento muy en paz".