Tal vez como una freudiana profecía autocumplida nos persigue la figura del pied-noir (pie negro), la manera despectiva con la que en Francia se denominó al millón de franceses que vivían -y algunos habían nacido- en la Argelia colonial, tan parecidos en tantas cosas al judío errante. Abandonados por De Gaulle a su suerte, expulsados a sangre y cuchillo por el FLN de su tierra argelina, despreciados en Francia: doblemente extranjeros en su propio país. Un sentimiento de abandono y exilio interior que impregna la obra del pied-noir Camus, y que muchos de los catalanes que se consideran españoles han experimentado de forma parecida alguna vez.
Esta nauseabunda sensación de ser abandonado por los tuyos se generalizó en 2017 cuando el independentismo avanzaba triunfal por la parálisis del Estado hacia la culminación de un golpe que tenía como primer efecto robar a los catalanes su condición de españoles. Una amenaza real que despertó a tantos de su histórica resignación frente al nacionalismo y provocó la gran movilización civil en las calles de Barcelona, decisiva en el aborto de la secesión.
Lamentablemente, los indultos, la amnistía y la alianza del socialismo gubernamental con el independentismo han traído de nuevo el amargo sabor de la orfandad. Aún intensificado por el eco del discurso de ciertas élites, supuestos compatriotas y aliados, que al alimón de la polémica del concierto fiscal catalán afirman que el proyecto común se ha demostrado imposible. El Estado dentro del Estado que hemos dejado construir al nacionalismo desde el 78 es demasiado gravoso y autodestructivo, así que no cabe otra que doblarle la apuesta al confederal sanchismo y abrir magnánimamente la puerta a que se vayan, si quieren, Cataluña y el País Vasco.
Un argumento de forochoches hasta hace poco, entre la boutade y el eructo, pero que ya impregna los artículos y lamentos de destacados analistas, atrapados por un pesimismo noventyochista que, perezoso y cobardón, renuncia a solucionar el atávico problema territorial español y aboga por desgajar de la nación dos de sus territorios. En suma, la desaparición de España y, con suerte, la constitución de un tinglado ibérico. Así, el apaño de estos conspicuos separadores pasaría por colmar el deseo de la minoría separatista y traicionar a los catalanes españoles. Tratándolos como ciudadanos de segunda, nuevos pieds-noirs, desde una miope mirada colonial sobre Cataluña: como ésta es un problema eterno, mejor abandonemos la colonia.