Como cualquier estereotipo, no deja de ser grosero y seguro que injusto ese tan extendido que dibuja al pueblo estadounidense como poco ilustrado. Pero desde este lado del Atlántico que la Casa Blanca identifica con la total decadencia no puede sino sorprender el cacao mental que parecen compartir ciudadanos de todas las ideologías respecto a conceptos de ciencia política tan básicos como la monarquía. Ahí tenemos a Donald Trump equiparándose a sí mismo con un rey, prestándose a la bufonada de sus tontorrones augures al atornillarle a la melena una dorada corona en la paródica portada de Time y deseando ¡larga vida a su majestad! Luego él se cree estas cosas y no puede extrañar que el sábado volviera a coquetear en público con la idea de presentarse a un tercer mandato que violaría claramente la Constitución; bromita ninguna, que quien instigó un golpe contra la misma y fue premiado por ello después en las urnas se siente autoindultado para ciscarse en las leyes per saecula saeculorum. Pero no es el republicano el único que de pronto se cree rey. La misma Kamala Harris se despidió tras su revolcón electoral advirtiendo a quien llegaba a zancadas al Despacho Oval de que su país "es una democracia, no una monarquía".
Perdónales Señor porque no saben lo que dicen. Al punto que se ha llegado en apenas un mes de mandato trumpiano, no cabe sino lamentar justamente que el actual inquilino de la Casa Blanca no sea, en efecto, un rey. Qué más quisiéramos en buena parte del globo y probablemente también en los mismos Estados Unidos donde, según algunas encuestas, más de la mitad de los ciudadanos ya se ha dado cuenta de que el presidente se extralimita en el ejercicio de sus poderes. Y es que a Trump, a Harris y presumiblemente al conjunto de la nación habría que explicarles que en 2025 la monarquía es una forma política de Estado en las antípodas de lo que representaba en los tiempos de Jorge III de Gran Bretaña cuando aquellas colonias declararon su independencia. Que no nos cansaremos de repetir, de paso, que lo hicieron espoleados por unos padres fundadores que ansiaban un sistema de gobierno que el hoy presidente se está cargando a marchas forzadas. Hablar hoy de monarquía en Occidente es justamente hablar de monarquía parlamentaria, el predicado es fundamental; esto es, de una institución vaciada por completo de poderes efectivos que, a cambio, se ha revestido de enorme auctoritas y convertido allí donde sigue vigente en un pilar del sostenimiento de la democracia, de las reglas de juego, de contrapeso necesario para evitar desparrames institucionales. Qué más quisiéramos, sin duda, que Trump fuera un rey como lo son Felipe VI, Carlos III o Carlos Gustavo de Suecia. Y que EEUU fuera una Monarquía, como lo es Canadá, y no la república abollada y con renovadas formas autocráticas que hoy presenta la nación que se erigió a sí misma en exportadora de democracia mundial. En fin.
No es un rey, no, quien como a Trump lo que realmente le pone es mandar y hacer de la firma de decretos legislativos a troche y moche un vulgar e inquietante espectáculo, y que de pronto reescribe el Derecho internacional para tildar a Zelenski de dictador y rehabilitar a Putin como un venerable estadista. Ni es un rey por competencias ni tampoco por algo más sutil y que hoy se antojaría bien necesario, ese rol paternal con el que los politólogos definen el modo de obrar de los monarcas parlamentarios, escrupulosos al máximo con la neutralidad y con su misión de proyección del Estado del bienestar y de ensanchar el marco de inclusión y respeto a las minorías, cuidadosos hasta lo insospechado siempre en fomentar la mejor imagen posible de la nación que les haya tocado encarnar. Eso lo sabemos bien en esta Vieja Europa que aún cuenta con una decena de pujantes Monarquías parlamentarias. Ni siquiera los reyes absolutos que existen en algunos rincones pueden permitirse la zafiedad en el discurso de Trump. El de Washington se creerá un rey, pero en realidad se está convirtiendo en la caricatura de un tirano.