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La españolidad de segunda de Ceuta y Melilla

Está muy bien que Don Felipe abra las puertas de Zarzuela a los agraviados ceutíes y melillenses

El Rey Felipe VI.
El Rey Felipe VI.Santiago Mazzarovich/AP
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Si a algún ministro le diera por salir a la palestra para afirmar la «españolidad» de Zamora, o la de Lugo, o la de Huelva, por mencionar tres localidades al azar, cualquiera creería estar viendo algún gag de El intermedio de Wyoming. Las perogrulladas sobran. Claro que no siempre. Porque en la hemeroteca no caben más declaraciones recientes de miembros del Gobierno reivindicando la «españolidad» de Ceuta y Melilla. Cuando tanto se repite una cosa que no es sino una simpleza, a lo peor es que no nos la creemos lo suficiente. Y que preferimos que la cosa se quede en una especie de limbo histórico por más que afecte a algo tan esencial como la soberanía nacional, con tal de que otros intereses estratégicos no se vean dañados. Dicho en plata, para herir poquito la susceptibilidad, y por si acaso las ansias territoriales, del reyezuelo de Marruecos.

Viene a cuento del encuentro que tiene agendado esta semana Felipe VI con una representación de empresarios de las dos ciudades autónomas, que al parecer viajan a Madrid con sensación de enorme desamparo y de que el Gobierno de Sánchez les deja en la estacada en asuntos tan fundamentales para sus intereses como el de las aduanas con tal de tener satisfecho y en calma a don Mohamed. Hasta el punto de que el mismo Imbroda denunciaba semanas atrás que Melilla, de la que él es presidente, «sería considerada ciudad marroquí» con la reapertura de la verja comercial según las condiciones impuestas por Rabat.

Las reglas de la geopolítica global han saltado por los aires con el retorno de Trump. Y, por desgracia, la diplomacia cede terreno a marchas forzadas a la testosterona y a los hechos consumados, como se sufre en Ucrania. Y antes o después sentiremos por estos lares las réplicas del seísmo. Papeletas no faltan en lugares como Ceuta y Melilla, donde llevamos demasiado tiempo ejercitando una estrategia de meliflua disuasión acompañada de equívocas señales de entreguismo al contrincante.

Y, así, está muy bien que Don Felipe abra las puertas de Zarzuela a los agraviados ceutíes y melillenses siquiera para darles algún cariñito y aliento. Pero poca cosa se antoja frente a una realidad que no es de recibo, la de que los Reyes de España no puedan pisar dos territorios que decimos tan españoles como Granada o San Sebastián. Una única vez en su largo reinado pisó Don Juan Carlos Ceuta y Melilla, tras alambicados esfuerzos diplomáticos destinados al control de daños ante la furia alauí. Don Felipe ya ha superado una década en el trono y ese desplazamiento, que tanta importancia tiene no sólo gesticular y que, naturalmente, sólo corresponde autorizar y diseñar el Gobierno, ni se ha dado ni se espera. La Constitución establece que el Rey simboliza la unidad y permanencia del Estado. Y ocasiones hemos tenido que vivir en las que se demostró que el enunciado no es meramente retórico, el 3-O sin ir más lejos. De modo que representa una anomalía democrática indefendible que la encarnación de esa unidad nacional por parte del titular de la Corona haya de diluirse para no enfadar al incómodo vecino del sur.

Nos podremos llenar la boca con lo de la «españolidad» de las dos plazas norteafricanas, pero Mohamed VI tiene motivos para regocijarse respondiéndonos que menos lobos Caperucita.