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Mi única familia: Mike Leigh dicta cátedra con una magistral lección de furia (****)

El director británico regresa tras seis años de silencio con un estruendoso ejercicio de cine que rompe los tímpanos y el alma

Un momento de 'Mi única familia'.
Un momento de 'Mi única familia'.
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Émile Cioran, que para citadores compulsivos o periodistas sin ideas es una mina, decía que "no son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo". Sin que sirva de precedente, se puede decir que la cita es esta vez la adecuada. Es más, se diría que la película Mi única familia (que en inglés atiende a Hard Truths, es decir, duras verdades) es básicamente una ilustración de lo pensado con toda seguridad en una noche de insomnio por el pensador rumano. ¿Por qué nunca se ha redactado una égloga pastoril en una madrugada en vela?

Mike Leigh, que desde la granítica La tragedia de Peterloo estrenada en 2018 nada sabíamos de él, decide romper su silencio con un estruendoso cataclismo que también es a su modo una declaración de principios. La película está toda ella concebida como una tormenta, como un exabrupto, como una ola sin control que rompe contra un acantilado. Suena tremendo y, en verdad, es aún peor. Y, sin embargo, lo que cuenta no es tanto el ruido, como ese silencio diminuto que se abre paso justo después (o un segundo antes, depende) del terremoto. ¿Estamos acaso ante una película de catástrofes como la de los años 70? Pues, la verdad, un poco sí, aunque todo discurra en el aparentemente idílico escenario de un suburbio londinense.

Se cuenta la historia de una mujer enfadada. Nada más. La protagonista, a la que da vida una imperial Marianne Jean-Baptiste, vive sin vivir en ella. Y sin esperar dicha alguna. Habitada por un dolor tanto físico como mental que la deja sin respiración, su única manera de relacionarse con el mundo es a patadas, mediante la más huracanada de las confrontaciones. Abruma a su marido, humilla a su hijo, insulta a la dentista, abusa de la cajera del supermercado, arremete contra todo lo que se cruza por delante... Solo parece calmarse, y no mucho, con su hermana. El resto, si algo queda, es puro bramido.

Leigh no quiere componer una de esas metáforas que tanto gustan a los cínicos. Su idea no es hacer coincidir en su protagonista, la ira acumulada contra un mundo que ha dejado de quererse y de entenderse. Aunque algo de eso haya. En verdad, toda la película trabaja sobre la posibilidad de escapar. Lejos de la intención del director arrojarnos a la cara uno de esos trabajos cuyo única intención es maltratar a los personajes para crear en el espectador una falsa y muy rancia sensación de superioridad. No, el director quiere que suframos con Marianne Jean-Baptiste y que con ella atisbemos, aunque solo sea un instante, la luz entre tanta y desproporcionada cantidad de dolor.

El responsable de trabajos irrefutables como Secretos y mentiras (1996), que ya contaba con Marianne Jean-Baptiste, y El secreto de Vera Drake (2004) vuelve a demostrar su profundidad y destreza para dibujar el rostro siempre fracturado de la angustia. Y este sinvivir no es tanto el producto de un tiempo en concreto, como una mancha que se extiende por dentro hasta corroerlo todo; la mancha quizá del mismo tiempo, de la vida sin más. "No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo", nos decía Cioran y nos recuerda con una claridad magistral Leigh.