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Mientras ultimaban los preparativos para que su hija Eugenia protagonice este sábado en París el gran Le Bal, el baile de debutantes más famoso en nuestros días de la aristocracia mundial, Luis Alfonso de Borbón y su esposa, Margarita Vargas, tenían tiempo días atrás de presidir en Madrid la espeluznante cena anual de la organización de la que él es presidente de honor: la Fundación Nacional Francisco Franco. Y es que el hijo de la nietísima -Carmen Martínez Bordiú, hoy feliz en su autoexilio portugués- lleva ya muchos años moviéndose entre dos aguas en una dicotomía tan incompatible como contradictoria.
Por un lado, mantiene su empeño en ser tomado en serio como jefe de la Casa Real de Francia, legítimo aspirante al hoy inexistente Trono de París, en calidad de descendiente varón mayor más directo de los Capetos. Pero semejante delirio de grandeza de quien se hace llamar Luis XX -el nombre de reinado que le correspondería- y se pasea por el mundo como duque de Anjou, chirría no poco con su acérrima defensa en nuestro país del legado de su bisabuelo Francisco Franco, inmerso en una batalla cuasipolítica contra el Gobierno que lidera Pedro Sánchez y aun contra el Parlamento español. Poco o nada casa que el rey de derecho de los franceses -si es que se lo cree de verdad- dedique sus energías a hacer apología de las cuatro décadas de todavía reciente dictadura en el país vecino, por muy descendiente que sea del mencionado Franco, igual que lo es de Luis XIV, el rey Sol.
El caso es que la cita de este sábado en el emblemático y lujoso hotel Shangri-La -en la que antaño fuera magnífica residencia del príncipe Roland Bonaparte en la capital gala- es un momento dulce para Luis Alfonso de Borbón. Primero, como padre orgulloso que presentará en sociedad a su primogénita, Eugenia de Borbón y Vargas (17), en un evento que aúna glamour y filantropía y que despierta un enorme interés mediático.
Le Bal de París es una de esas espectaculares veladas inspiradas en los bailes de debutantes para los cachorros de la alta sociedad que se convirtieron en una tradición en Inglaterra ya en el siglo XVIII y que después se exportaron al resto del continente. En países como España han perdido vigencia, pero una cita como Le Bal tiene gran fuerza en la ciudad del Sena desde los años 50, en especial a raíz de la reconversión del formato en 1994 de la mano de la visionaria Ophélie Renouard.
Pero Luis Alfonso de Borbón se debe de sentir, además, hinchado como un pavo porque cuando los organizadores de Le Bal anunciaron hace semanas el debut de Eugenia lo hicieron refiriéndose a ella como Su Alteza Real la princesa Eugenia de Borbón. Esto es, asumiendo el relato de nuestro protagonista acerca de su legitimidad histórica como Luis XX, que es lo que le permite semejante tratamiento, para sí y para su cónyuge y sus descendientes.
Y es que algo que puede carecer de importancia para el común de los mortales, es asunto trascendentalísimo para cualquiera con interés en el Götha. Subrayemos que Luis Alfonso de Borbón es el rey de derecho para los legitimistas de Francia, pero sólo un impostor para otros muchos monárquicos del país, en especial aquéllos que consideran jefe de la Casa Real al actual titular de los Orleáns, Juan, conde de París. Y ellos, como buena parte de las dinastías reales del Viejo Continente, empezando por la Familia Real española, ni creen que Luis Alfonso se pueda titular como príncipe, ni mucho menos hacer uso del tratamiento de Alteza Real. Así que en demasiados palacios torcerán el gesto una vez más cuando vean las fotos de Le Bal en el próximo número del ¡Hola!.
Volviendo a España, el hijo de Carmen Martínez Bordiú y del desaparecido Alfonso de Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, está verdaderamente preocupado por la cada vez más cercana ilegalización de la Fundación Franco. Desde la promulgación en 2022 de la Ley de Memoria Democrática, la organización, creada en 1976 para honrar el legado del dictador, está sentenciada toda vez que los fines de la misma representan una humillación para las víctimas del franquismo. Con todo, no deja de ser proceloso el camino hacia la extinción de la Fundación que, además, modificó sus estatutos con el objetivo de blindar su continuidad. Y en estos momentos el asunto se ha situado en las Cortes, donde se tramita una proposición de ley orgánica para modificar la norma que regula el derecho de asociación y poder así ilegalizar a entidades que hagan apología de la dictadura.
Luis Alfonso fue nombrado presidente de honor de la Fundación en 2018, sucediendo en el cargo a su abuela materna, Carmen Franco. Y desde entonces no ha dejado de dar titulares que, por suerte para él, apenas llegan a los medios de esa Francia de la que se cree casi rey. No sólo ensalza a su bisabuelo como "un gran soldado y estadista", como hizo tras la exhumación de los restos del dictador, sino que no duda en encabezar actos de protesta que sus seguidores organizan contra el "liberticida Gobierno sanchista", como lo denominaba en la mencionada cena anual de la Fundación su presidente ejecutivo Juan Chicharro. Lo cierto es que Luis Alfonso tiene motivos para estar enojado con los actuales inquilinos de Moncloa. La Ley de Memoria Democrática, entre otras cosas, ha descatalogado el título de duque de Franco que aspiraba a ostentar en un futuro. Y, como decimos, está a un paso de quedarse sin la Fundación, que es uno de sus entretenimientos.
Claro que Luis Alfonso está ya curtido en batallas, incluidas las que lleva librando en las últimas décadas contra los habitantes de La Zarzuela, a pesar de que tiene una buena relación tanto con su tío el Rey Juan Carlos, como con Felipe VI. Pero en cuestión de derechos dinásticos el entendimiento es imposible.
Luis Alfonso hace valer siempre que puede su derecho al tratamiento de Alteza Real por partida doble: por ser, como explicábamos antes, el jefe de la Casa Borbón de Francia, pero también porque así lo estableció una Ley española promulgada justamente por su bisabuelo. Y, aunque lo que se da no se quita, Juan Carlos I y Felipe González le arrebataron lo que él sigue considerando suyo. La cosa, resumida, es la siguiente. En 1972, mediante un decreto el padre de Luis Alfonso, que se acababa de casar con la nietísima, recibió el título de duque de Cádiz con tratamiento de Alteza Real "cuyo título y tratamiento ostentarán, igualmente, su cónyuge y descendientes directos".
La redacción del decreto era un auténtico despropósito, lleno de errores como el de acarrear, en una interpretación literal, que "una pluralidad de personas ostentaran simultáneamente un mismo título nobiliario", como explicaron en su día expertos como José Luis Sampedro. Pero el caso es que Luis Alfonso llegó al mundo en 1974 como Alteza Real, eso es cierto. De ahí que cuando, ya en democracia, en 1987, se aprobó el Real Decreto que regula el régimen de títulos y tratamientos de la Familia Real sucediera algo asombroso. Y es que quedó claro que el primo de Don Juan Carlos, Alfonso de Borbón, que aún vivía, podía conservar vitaliciamente su título de duque de Cádiz y tratamiento, pero no legarlos a su primogénito. Pero en otra redacción un tanto chapucera se permitieron interpretaciones distintas sobre qué pasaba con tratamientos como el que Luis Alfonso ya tenía.
En 1989, falleció Don Alfonso en un accidente de esquí. Y Zarzuela asumió que el ducado de Cádiz volvía a la Corona y empezaron a tratar -sin que tampoco se sepa muy bien por qué- a Luis Alfonso como Excelentísimo Señor -es la deferencia que tiene la Familia Real con él cada vez que le invita a un sarao, como a la boda de los Príncipes de Asturias en 2004-. Pero él mantiene que ya era Alteza Real antes de 1987 y que por ello lo seguirá siendo hasta que se muera.
Y a osado no le gana nadie. Así, cuando se casó con la rica heredera venezolana Margarita Vargas, Luis Alfonso cursó invitaciones de boda como Su Alteza Real, el duque de Anjou. En Zarzuela, ya lo hemos dicho, no le consienten tal tratamiento y además respaldan como jefe de la Casa Real de Francia al conde de París y consideran duque de Anjou a Carlos Felipe de Orleans -hijo del príncipe Miguel y de su primera esposa, la famosa Beatriz de Orleans-. Con todo ese lío, los Borbones españoles no pudieron sino boicotear el enlace del triste Luis Alfonso y declinar su asistencia al bodorrio.